A pocos días de conmemorarse el Día del Abuelo, el 28 de agosto, miles de adultos mayores continúan trabajando en México para complementar sus ingresos, mantenerse activos o simplemente enfrentar los gastos cotidianos.
La realidad va desde empacadores en supermercados hasta comerciantes, campesinos, taxistas y trabajadores de servicios.
De acuerdo con datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del Inegi, durante el tercer trimestre de 2025, alrededor de 3.5 millones de personas de 65 años o más permanecían ocupadas, de este universo, aproximadamente 77.6 % trabajaba en la informalidad, es decir, sin seguridad social ni las prestaciones asociadas a un empleo formal.
La participación laboral de este sector ronda 25 %, una proporción superior a la registrada en países de altos ingresos de la OCDE.
Entre quienes siguen activos predominan los hombres, mientras que los ingresos suelen ser menores a los de otros grupos de edad. La necesidad económica es uno de los principales factores que lleva a los adultos mayores a prolongar su vida laboral.
Las actividades más comunes se concentran en comercio, labores agropecuarias, industria y artesanías, servicios personales y transporte, también es frecuente encontrar a personas mayores como empacadores voluntarios en cadenas de autoservicio, donde sus ingresos dependen principalmente de las propinas de los clientes y no existe una relación laboral formal.
Sin embargo, también existe un segmento de adultos mayores con mayor escolaridad y experiencia profesional que encuentra oportunidades como consultores, profesores, asesores, mentores o integrantes de consejos directivos; para este grupo, la experiencia acumulada puede representar una ventaja y permitir ingresos considerablemente mayores.
El INAPAM, mediante esquemas de Vinculación Productiva, facilita el acercamiento entre personas adultas mayores y empresas que ofrecen vacantes en sectores como comercio, servicios, restaurantes y entretenimiento; algunas opciones contemplan salario base y prestaciones de ley, además de la posibilidad de continuar cotizando ante el IMSS.
Pese a ello, persisten obstáculos como la discriminación por edad, la falta de capacitación tecnológica, puestos que no están adaptados a sus capacidades físicas y la percepción de que una persona mayor es menos productiva y estas barreras obligan a muchos a recurrir al autoempleo o a actividades informales.
El trabajo después de los 65 años tampoco responde únicamente a una necesidad económica, para algunos adultos mayores representa una forma de mantenerse activos, conservar vínculos sociales y encontrar un propósito después de la jubilación; no obstante, en México la precariedad laboral continúa siendo una constante para una parte importante de este sector.
Ante el acelerado envejecimiento de la población y las limitaciones de las pensiones, especialistas advierten que la participación de los adultos mayores en el mercado laboral podría mantenerse elevada en los próximos años.
El reto, más que obligarlos a permanecer trabajando, consiste en garantizar que quienes quieran o necesiten hacerlo encuentren empleos dignos, formales, seguros y adecuados a su edad.